Fallen : Segundo Capitulo del Libro-Lauren Kate
Luce tenía una hoja de papel con su horario impreso en ella, un cuaderno medio vacío que había comenzado a llenar en Dover en su clase avanzada de Historia de Europa el año pasado, dos lápices del número dos, su goma de borrar favorita y la repentina mala sensación de que Arriane podría haber estado en lo correcto sobre las clases en Sword & Cross.
Follow up:
El profesor aún no había aparecido, los endebles pupitres estaban organizados en hileras desastrosas y el armario de materiales estaba cercado con montones de cajas polvorientas apiladas frente a él.
Lo que era peor, ninguno de los demás chicos parecía notar el desorden. De hecho, ninguno de los demás chicos parecía notar que estaban en una clase en absoluto. Todos ellos estaban en grupos cerca de las ventanas, dando la última calada a un cigarrillo por aquí, recolocando los imperdibles extragrandes sobre sus camisetas por allá. Sólo Todd estaba realmente sentado en un pupitre, grabando algo intrincado sobre su superficie con el bolígrafo. Pero los otros estudiantes nuevos parecían haber encontrado ya su lugar entre el gentío. Cam tenía a los tipos con el aspecto pijo de Dover formando un apretado grupo alrededor de él. Ellos debían ser amigos de cuando él se había matriculado en Sword & Cross la primera vez. Gabbe estaba dándole la mano a la chica del piercing en la lengua que había estado entendiéndose con el tipo del piercing en la lengua allí afuera. Luce se sintió estúpidamente envidiosa de no ser lo suficientemente atrevida para hacer nada más que tomar asiento cerca del inofensivo Todd.
Arriane revoloteaba alrededor de los demás, susurrando cosas que Luce no podía distinguir, como si fuera una especie de princesa gótica. Cuando pasó junto a Cam, éste le alborotó el cabello recién cortado.
–Bonitas greñas, Arriane. –Él adoptó una sonrisita de suficiencia, tirando de un pelo de la parte de atrás de su cuello–. Mis felicitaciones a tu estilista.
Arriane le apartó de un manotazo.
–¡Quítame las manos de encima, Cam! Lo que quiere decir: ni lo sueñes. –Ella sacudió la cabeza en dirección a Luce–. Y puedes dar tus felicitaciones a mi nueva mascota, justo por allí.
Los ojos color esmeralda de Cam centellearon hacia Luce, que se puso tensa.
–Creo que lo haré –repuso, y comenzó a caminar hacia ella.
Él sonrió a Luce, que estaba sentada con los tobillos cruzados bajo la silla y las manos cruzadas cuidadosamente sobre su pupitre todo lleno de pintadas.
–Nosotros, los nuevos, tenemos que mantenernos unidos –declaró él–. ¿Sabes a lo que me refiero?
–Pero yo pensaba que tú ya habías estado aquí antes.
–No creas todo lo que dice Arriane. –Él echó un vistazo hacia atrás a Arriane, que estaba de pie en la ventana, mirándolos con recelo.
–Ah, no, ella no me dijo nada sobre ti –aclaró Luce rápidamente, tratando de recordar si era o no verdad eso en realidad.
Estaba claro que Cam y Arriane no se caían bien, y aunque Luce le agradecía a Arriane el haberle hecho de guía esta mañana, no estaba lista para tomar partido por ninguno aún.
–Me acuerdo de cuando era nuevo aquí… la primera vez. –Él se rió para sí mismo–. Mi grupo acababa de separarse y yo estaba perdido. No conocía a nadie. Podía haberme sido útil alguien sin –él echó una ojeada a Arriane– pretensiones que me enseñara cómo funciona todo.
– ¿Y tú qué, no tienes pretensiones? –dijo Luce, sorprendida de oír un tono de coqueteo en su voz.
Una lenta sonrisa se extendió por el rostro de Cam. Él levantó una ceja hacia ella.
–Y pensar que no quería volver aquí.
Luce se sonrojó. Ella normalmente no se mezclaba con tipos roqueros, pero si lo pensabas bien, ninguno de ellos había empujado nunca su pupitre aun más cerca del suyo, se había dejado caer junto a ella y la había mirado fijamente con unos ojos así de verdes. Cam se llevó la mano al bolsillo y sacó una púa de guitarra verde con el número 44 impreso en ella.
–Este es el número de mi habitación. Pásate cuando quieras.
La púa de guitarra no estaba lejos del color de los ojos de Cam y Luce se preguntó cómo y cuándo había impreso eso, pero antes de que ella pudiera averiguarlo, y quién sabía qué hubiera averiguado, Arriane clavó una dura mano en el hombro de Cam.
–Lo siento, ¿no me he explicado con claridad? Ésta ya me la he pillado yo.
Cam soltó un resoplido. Él miraba directamente a Luce mientras decía:
–Verás, pensé que aún había algo así como libre albedrío. Tal vez tu mascota tiene su propio camino en mente.
Luce abrió la boca para reivindicar que por supuesto que tenía un camino, sólo que era su primer día aquí y ella aún estaba examinando cómo funcionaba todo. Pero para cuando fue capaz de ordenar las palabras en su cabeza, la campana que avisaba de que quedaba tan sólo un minuto sonó y la pequeña reunión alrededor del pupitre de Luce se disolvió.
Los demás chicos ocuparon los pupitres a su alrededor y pronto dejó de ser tan notorio que Luce estuviera sentada tan formal y correcta en su mesa, manteniendo la mirada en la puerta. Manteniendo el puesto de observación de Daniel.
Por el rabillo del ojo, ella podía sentir a Cam mirándola a hurtadillas. Se sintió halagada. Y nerviosa, y luego descontenta consigo misma. ¿Daniel? ¿Cam? Ella llevaba en este colegio ¿cuánto, cuarentaicinco minutos? Y su mente ya estaba barajando a dos chicos diferentes. Al fin y al cabo, la razón toda por la que ella estaba en este colegio era porque la última vez que había estado interesada en un tío, las cosas se habían puesto horrible, horriblemente mal. Ella no debería permitirse empezar a colarse toda (¡dos veces!) el mismísimo primer día de clase.
Ella echó una ojeada a Cam, que le guiñó el ojo de nuevo, luego se apartó su cabello oscuro de los ojos. Dejando a un lado su apabullante buen aspecto –sí, bueno–, él realmente parecía una persona interesante de conocer. Al igual que ella, estaba todavía ajustándose al sitio, aunque claramente él ya había estado antes en la institución de Sword & Cross unas cuantas veces. Y él era agradable con ella. Pensó en la púa de guitarra verde con su número de habitación, con la esperanza de que no las distribuyera libremente. Ellos podrían ser… amigos. Quizá eso era todo lo que ella necesitaba. Tal vez entonces dejaría de sentirse tan obviamente fuera de lugar en Sword & Cross.
Tal vez entonces ella sería capaz de perdonar el hecho de que la única ventana del aula mayor del tamaño de un sobre comercial, estuviera cubierta de cal y diera a un sólido mausoleo del cementerio.
Tal vez entonces ella sería capaz de olvidar el olor cosquilleante en su nariz a peróxido procedente de la tía punk teñida de rubio que se sentaba enfrente.
Tal vez entonces ella podría prestar atención al severo profesor con bigote que entró en el aula, ordenó a la clase que se comportara y tomase asiento y cerró firmemente la puerta detrás de él.
La más pequeña pizca de desilusión tiró de su corazón. Le llevó un momento descubrir de dónde había venido. Hasta que el profesor cerró la puerta, ella había estado manteniendo cierta esperanza de que Daniel también estuviera en su primera clase.
¿Qué tenía la próxima hora, Francés? Ella bajó la mirada a su horario para comprobar en qué aula era. Justo entonces, un avioncito de papel se deslizó sobre su horario, pasó su pupitre y fue a aterrizar en el suelo junto a su mochila. Ella echó un vistazo para ver si alguien lo había notado, pero el profesor estaba ocupado haciendo trizas un trozo de tiza mientras escribía algo en la pizarra.
Luce miró nerviosa a su izquierda. Cuando Cam la miró, le dedicó un guiño y un pequeño saludo de coqueto con la mano que hizo que todo su cuerpo se tensara. Pero él no parecía haber visto ni ser el responsable del avioncito de papel.
–Psssst –hizo el silencioso susurro detrás de él. Era Arriane, que le hacía una señal con la barbilla a Luce para que recogiera el avión de papel.
Luce se agachó para alcanzarlo y vio su nombre escrito con pequeñas letras negras en un ala. ¡Su primera notita!
“¿Esperando ya la salida?
No es una buena señal.
Estaremos en este agujero de mala muerte hasta el almuerzo.”
Eso tenía que ser una broma. Luce volvió a comprobar su horario y se dio cuenta horrorizada de que sus tres clases de la mañana eran en esta misma aula 1… y que las tres serían impartidas por el mismo Sr. Cole.
Él se había separado de la pizarra y estaba desplazándose con gran letargo por la habitación. No hubo presentación para los chicos nuevos y Luce no sabía si se alegraba por ello o no. El Sr. Cole simplemente tiró un listado con la programación sobre cada uno de los pupitres de los cuatro nuevos estudiantes. Cuando el fardo grapado aterrizó frente a Luce, ella se inclinó hacia adelante deseosa de echarle un vistazo.
Historia del Mundo, ponía. Burlando el Sino de la Humanidad. Hmmm, la Historia siempre había sido su materia fuerte, pero ¿burlando el sino?
Mirar con más detenimiento la programación fue todo lo que necesitó Luce para ver que Arriane tenía razón en lo de estar en un agujero de mala muerte: un montón de lectura imposible, EXAMEN con grandes letras en negrita cada tres clases, y un trabajo de treinta páginas –¿en serio?– sobre el fallido tirano de tu elección. Habían sido dibujados gruesos paréntesis negros con Sharpie (*Marca de rotulador permanente) negro alrededor de las tareas que Luce se había perdido durante las primeras semanas. En los márgenes, el Sr. Cole había escrito: Hable conmigo para la recuperación de su Trabajo de Investigación. Si hubiera una forma más efectiva de succionar el alma, Luce estaría aterrada de descubrirla.
Al menos, tenía a Arriane sentada allí, en la siguiente fila de atrás. Luce se alegraba de que ya hubiera sido sentado el precedente de pasar notas de SOS. Ella y Callie solían mandarse mensajes a hurtadillas, pero para hacerlo aquí, definitivamente Luce iba a tener que aprender a hacer avioncitos de papel. Arrancó una hoja de su cuaderno e intentó utilizar el de Arriane como modelo.
Después de unos cuantos minutos de patético origami (*Papiroflexia), otro avioncito aterrizó sobre su pupitre. Ella miró hacia atrás a Arriane, quien negó con la cabeza y le dedicó unos ojos en blanco que decían “aún tienes tanto que aprender”.
Luce se encogió de hombros a modo de disculpa y se volvió a girar para abrir la segunda nota:
“Ah, y hasta que estés segura de tu puntería, no querrás hacer volar ningún mensaje relacionado con Daniel en mi dirección. El tío detrás de ti es famoso en el campo de futbol por sus intercepciones.”
Era bueno saberlo. Ni siquiera había visto a Roland, el amigo de Daniel, entrar detrás de ella. Ahora ella se giró ligeramente en su asiento hasta que alcanzó a ver sus rastas por el rabillo del ojo. Se atrevió a echar un vistazo hacia atrás, al cuaderno abierto sobre el pupitre y alcanzó a ver su nombre completo. Roland Sparks.
–Nada de pasar notas –dijo el Sr. Cole con severidad, haciendo que Luce girara la cabeza de nuevo y se pusiera firme–. Nada de plagiar y nada de mirar el trabajo de otros. Yo no hice el Postgrado sólo para recibir su atención dividida.
Luce asintió con la cabeza al unísono junto con los demás chicos aturdidos justo cuando el tercer avioncito de papel se deslizó planeando hasta detenerse en medio de su pupitre.
“¡Sólo 172 minutos para irse!”
Ciento setenta y tres minutos de tortura más tarde, Arriane estaba conduciendo a Luce a la cafetería.
–¿En qué piensas? –preguntó.
–En que tenías razón –contestó Luce con entumecimiento, recobrándose aún de lo dolorosamente grises y deprimentes que habían sido sus tres primeras horas de clase–. ¿Por qué alguien enseñaría una asignatura tan deprimente?
–¡Ay! Cole aflojará pronto. El pone su cara de “nada de chorradas” siempre que hay un nuevo estudiante. Pero, bueno –dijo Arriane, dándole con el codo a Luce–, podría ser peor. Podrías haber tenido que aguantar a la Sra. Tross.
Luce echó un vistazo a su horario.
–La tengo en Biología en el bloque de la tarde –declaró ella con una sensación de algo perforándole las tripas.
Cuando Arriane explotó en carcajadas, Luce sintió un golpe en el hombro. Era Cam, pasando junto a ellas en el pasillo de camino hacia el almuerzo. Luce se habría ido al suelo de bruces si no hubiera sido por la mano de él agarrándola por la espalda para estabilizarla.
–¡Vamos, tranquila! –Él le lanzó una rápida sonrisa y ella se preguntó si le había dado deliberadamente. Pero él no parecía tan infantil.
Luce miró hacia Arriane para ver si ella había notado algo. Arriane enarcó las cejas, casi invitando a Luce a hablar, pero ninguna de ellas dijo nada.
Cuando cruzaron las polvorientas puertas de cristal que separaban el lóbrego vestíbulo de la aun más lóbrega cafetería, Arriane tomó a Luce por el codo.
–Evita el filete de pollo frito a toda costa –asesoró ella mientras seguían a la multitud al interior de todo el barullo del comedor–. La pizza está buena, los chilis están bastante bien y la borscht (*Sopa de verduras originaria de Europa del Este y Central que incluye generalmente remolacha) no está mal. ¿Te gusta el pastel de carne?
–Soy vegetariana –dijo Luce.
Ella estaba echando un vistazo alrededor de las mesas, buscando a dos personas en particular. Daniel y Cam. Ella simplemente se sentiría más aliviada si supiera dónde estaban, y así poder ocuparse de su almuerzo fingiendo que no veía a ninguno de los dos. Pero hasta el momento, ningún avistamiento.
–Vegetariana, ¿eh? –Arriane frunció los labios–. ¿Padres hippies o tu propio y lamentable intento de rebelión?
–Ehhh, ninguna de las dos cosas, simplemente no…
–¿Te gusta la carne? –Arriane giró los hombros de Luce noventa grados de forma que ésta quedó mirando directamente a Daniel, que estaba sentado en una mesa al otro lado de la sala.
Luce dejó salir una larga exhalación. Allí estaba él.
–Ya, ¿eso va por toda la carne? –entonó Arriane bien en alto–. ¿Cómo que no le hincarías el diente?
Luce sacudió a Arriane y tiró de ella hacia la cola del almuerzo. Arriane estaba partiéndose de risa, pero Luce sabía que ella estaba salvajemente ruborizada, lo que debía ser terriblemente obvio con esa iluminación fluorescente.
–¡Cállate! Él te ha oído perfectamente –susurró.
Una parte de Luce se alegraba de estar bromeando sobre chicos con una amiga. Suponiendo que Arriane fuera su amiga. Ella todavía se sentía descolocada por lo que había pasado esta mañana cuando ella había visto a Daniel. Esa atracción hacia él… Aún no se explicaba de dónde había venido y todavía seguía allí.
Ella se obligó a apartar los ojos de su cabello rubio, de la suave línea de su mandíbula. Se negaba a ser pillada mirándolo fijamente. No quería darle ninguna razón para que la mandara a la mierda una segunda vez.
–¿Qué más da? –se burló Arriane–. Está tan concentrado en esa hamburguesa que no oiría ni la llamada de Satanás.
Ella hizo gestos hacia Daniel, que ciertamente parecía profundamente concentrado en masticar la hamburguesa. Olvidando eso, él se veía como alguien que estuviera fingiendo estar profundamente concentrado en masticar la hamburguesa.
Luce echó una ojeada al otro lado de la mesa, a Roland, el amigo de Daniel. Él estaba mirándola directamente. Cuando interceptó su mirada, él enarcó las cejas de una manera que Luce no pudo interpretar pero aun así le ponía un poco los pelos de punta.
Luce se volvió a girar hacia Arriane.
–¿Por qué todo el mundo es tan raro en este colegio?
–Voy a decidir no sentirme ofendida por eso –dijo Arriane, recogiendo una bandeja de plástico y pasándole otra a Luce–. Y voy a continuar explicándote el delicado arte de seleccionar un asiento en la cafetería. Verás, nunca querrás sentarte en ningún sitio cerca de… ¡Luce, cuidado!
Todo lo que Luce hizo fue dar un paso hacia atrás, pero tan pronto como lo hizo, sintió el brusco empujón de dos manos en sus hombros. Inmediatamente, supo que se iba al suelo. Ella extendió la mano hacia adelante para sostenerse, pero todo lo que sus manos encontraron fue la bandeja llena del almuerzo de alguien. Todo aquello se cayó junto con ella. Aterrizó con un estrépito sobre el suelo de la cafetería, con una taza de borscht en la cara.
Cuando apartó la suficiente remolacha pastosa de sus ojos para poder ver, Luce miró hacia arriba. El más enfadado de los duendecillos que jamás hubiera visto estaba sobre ella. La chica tenía el cabello teñido y de punta, con al menos diez piercings en la cara y una mirada letal.
Ella le enseñó los dientes a Luce y bufó:
–Si verte no me ha arruinado el apetito, haré que me pagues otro almuerzo.
Luce se disculpó tartamudeando. Trató de levantarse, pero la chica clavó el tacón de aguja de sus botas negras en el pie de Luce. El dolor se disparó por su pierna y tuvo que morderse el labio para no gritar.
–¿Por qué no dejarlo para más tarde? –dijo la chica.
–Ya basta, Molly –intervino Arriane fríamente. Luego, extendió una mano para ayudar a Luce a ponerse en pie.
Luce hizo un gesto de dolor. Sin duda el tacón de aguja iba a dejar un hematoma.
Molly cuadró las caderas para encarar a Arriane, y Luce tuvo la sensación de que no era la primer a vez que ellas entraban en conflicto directo.
–Tan pronto amiga de la novata, ya veo –gruñó Molly–. Esa es una conducta muy mala, A. ¿No se supone que estabas con la condicional?
Luce tragó. Arriane no había mencionado nada de estar en libertad condicional y no tenía sentido que eso le impidiera hacer nuevos amigos. Pero la palabra fue suficiente para hacer que Arriane apretara el puño y lanzara un gran puñetazo que aterrizó en el ojo derecho de Molly.
Molly se tambaleó hacia atrás, pero fue Arriane quien captó la atención de Luce. Ella comenzó a convulsionar, con los brazos levantados y agitándose en el aire.
Era la pulsera, se dio cuenta Luce horrorizada. Eso estaba enviando una especie de descarga a través del cuerpo de Arriane. Increíble. Eso era un castigo cruel y poco común, a bien seguro. A Luce se le revolvió el estomago mientras veía temblar el cuerpo entero de su amiga. Ella extendió la mano para agarrar a Arriane justo cuando ésta caía al suelo.
–Arriane –susurró Luce–. ¿Estás bien?
–Genial. –Los oscuros ojos de Arriane parpadearon primero abiertos, luego cerrados.
Luce jadeó. Luego uno de los ojos de Arriane se volvió a abrir de pronto.
– Te he asustado, ¿verdad? ¡Ay, eso es muy tierno! No te preocupes, las descargas no me matarán –susurró ella–. Sólo me hacen más fuerte. Además, valió la pena ponerle el ojo morado a esa vaca, ¿sabes?
–¡Está bien, basta ya! ¡Basta ya! –tronó una voz ronca detrás de ellas.
Randy estaba en la entrada, con el rostro rojo y respirando pesadamente. Era un poco tarde para detener nada, pensó Luce, pero entonces Molly se acercó dando tumbos hacia ellas, con sus tacones de aguja resonando sobre el linóleo. Esta chica era una sinvergüenza. ¿De verdad iba ella a emprenderla a patadas contra Arriane con Randy allí mismo?
Afortunadamente, los fornidos brazos de Randy se cerraron a su alrededor antes de eso. Molly trató de abrirse camino a patadas y empezó a gritar.
–Será mejor que alguien empiece a hablar –ordenó voz en grito Randy, haciendo prensa sobre Molly hasta que ésta fue aflojando–. Mejor pensado, las tres os presentaréis para recibir el castigo mañana por la mañana. ¡Cementerio! ¡Al romper el alba! –Randy miró a Molly–. ¿Te has enfriado ya?
Molly asintió con la cabeza fríamente y Randy la dejó libre. Luego, se agachó poniéndose en cuclillas donde Arriane aún yacía en el regazo de Luce, con los brazos cruzados sobre el pecho. Al principio Luce pensó que Arriane estaba cabreada, como un perro mosqueado por la sacudida de su correa, pero luego Luce sintió una pequeña sacudida del cuerpo de Arriane y se dio cuenta de que la chica todavía estaba a merced del dispositivo de pulsera.
–Vamos –dijo Randy, en voz más baja–. Vamos a desconectarte.
Le tendió la mano a Arriane y la ayudó a tirar de su diminuto cuerpo tembloroso, volviéndose sólo una vez en la puerta para repetir sus órdenes a Luce y Molly.
–¡Al romper el alba!
–¡Lo espero con ansias! –dijo Molly dulcemente, agachándose para recoger el plato de pastel de carne que se había caído de su bandeja.
Ella lo suspendió sobre la cabeza de Luce por un segundo, luego le dio la vuelta al plato y volcó la comida sobre su pelo. Luce pudo oír el salpicar de su propia mortificación mientras todo el Sword & Cross veía la estampa de la chica nueva cubierta de pastel de carne.
–¡Esto no tiene precio! –dijo Molly, sacando la más minúscula de las cámara del bolsillo de atrás de sus vaqueros negros–. Di… pastel de caaarnee –entonó, sacando unas cuantas fotos de primer plano–. ¡Esto va a quedar genial en mi blog!
–Bonito sombrero –se burló alguien desde el otro lado de la cafetería.
Luego, con gran inquietud, Luce volvió la mirada hacia Daniel, rezando para que de algún modo se hubiera perdido todo el espectáculo. Pero no. Él estaba negando con la cabeza. Parecía enfadado.
Hasta ese momento, Luce había pensado que tenía la posibilidad de levantarse y simplemente sacudirse el incidente… literalmente. Pero viendo la reacción de Daniel… Bueno, eso finalmente hizo que se rompiera.
Ella no iba a llorar frente a ninguna de esta gente horrible. Tragó con dificultad, se puso en pie y se marchó. Ella se apresuró hacia la puerta más cercana, ansiosa por sentir algo de aire fresco sobre la cara.
En vez de eso, se sumió en la humedad del septiembre sureño, que la ahogó tan pronto como llegó al exterior. El cielo estaba de ese no-color, de un marrón grisáceo tan opresivamente anodino que era difícil incluso encontrar el sol. Luce aflojó el paso, pero se alejó tanto como pudo hasta el borde del aparcamiento antes de venir a detenerse por completo.
Anhelaba poder ver su abollado coche allí, para hundirse en el deshilachado forro del asiento, acelerar el motor, encender el estéreo y salir cagando leches de este lugar. Pero mientras estaba allí de pie sobre el negro y caliente pavimento, la realidad se impuso: la habían metido aquí y un par de altísimas puertas de metal la separaban del mundo de fuera del Sword & Cross. Además, incluso si hubiera tenido una forma de salir… ¿A dónde iba a ir?
La sensación de nausea en su estomago le dijo todo lo que necesitaba saber. Ella ya estaba en la última parada y las cosas estaban pintando bastante chungas.
Era tan deprimente como cierto: el Sword & Cross era todo lo que tenía.
Ella dejó caer la cabeza entre las manos, sabiendo que tenía que volver. Pero, cuando levantó la cabeza, los desperdicios sobre las palmas de sus manos le recordaron que aún estaba cubierta con el pastel de carne de Molly. ¡Puaj! Primera parada, el baño más cercano.
De vuelta al interior, Luce se zambulló en los servicios de las chicas cuando la puerta se estaba abriendo. Gabbe, que parecía incluso más rubia y perfecta ahora que Luce aparentaba acabar de venir de bucear en un contenedor de basura, se apartó al pasar.
–¡Vaya! ¡Perdona, cariño! –Su voz con acento sureño era agradable, pero su cara se arrugó al ver a Luce–. ¡Oh, Dios! Se te ve horrible. ¿Qué ha pasado?
¿Que qué ha pasado? Como si la escuela entera no lo supiera ya. La chica seguramente estaba haciéndose la tonta para hacer que Luce reviviera toda la mortificadora escena.
–Espera cinco minutos –respondió Luce con más filo en la voz del que quería–. Estoy segura de que por aquí los chismorreos se extienden como una plaga.
–¿Quieres tomar prestada mi base de maquillaje? –preguntó Gabbe, alzando un estuche de cosméticos azul pastel–. No te has visto aún, pero vas a…
–Gracias, pero no –le cortó Luce, entrando el servicio.
Sin mirarse en el espejo, abrió el grifo, se mojó la cara con agua fría y por fin dejó que saliera todo. Escapándosele las lágrimas, bombeó en el dispensador de jabón para las manos y trató de usar algo de ese barato líquido rosa para quitarse el pastel de carne. Pero todavía estaba el tema de su pelo. Y sin duda, su ropa había tenido mejor aspecto y olido mejor. Aunque, no es que necesitara ya preocuparse por dar una buena primera impresión.
La puerta del servicio se abrió de golpe y Luce se apretó contra la pared como un animal acorralado. Cuando entró una desconocida, Luce se puso tensa y se esperó lo peor.
La chica tenía una complexión rechoncha, acentuada por una anómala cantidad de ropa superpuesta. Su rostro ancho estaba rodeado por rizos castaños y sus brillantes gafas moradas se balancearon cuando olfateó el aire. Parecía bastante desinteresada, aunque pensándolo bien, las apariencias engañaban. Tenía ambas manos a la espalda de una manera en la que, después del día que había tenido Luce, simplemente no podía confiar.
–¿Sabes? Se supone que no puedes estar aquí sin una autorización –indicó la chica. Por su tono uniforme parecía decirlo muy en serio.
–Lo sé. –La mirada en los ojos de la chica confirmó a Luce su sospecha de que era completamente imposible tomarse un respiro es este lugar. Comenzó a suspirar en señal de rendición–. Yo sólo…
–Estoy bromeando. –La chica se echó a reír, poniendo los ojos en blanco y relajando la postura–. Pillé algo de champú del vestuario para ti –le dijo, sacando las manos para mostrar dos botellas de plástico, de apariencia inofensivas, de champú y acondicionador–. ¡Vamos! –instó ella, tirando de una vieja silla plegable–. Vamos a lavarte. Siéntate aquí.
Un sonido medio gemido, medio carcajada, que nunca había hecho antes, se escapó de los labios de Luce. Sonaba, supuso, como a alivio. La chica realmente estaba siendo amable con ella… No sólo amable para ser un colegio reformatorio, sino ¡amable como una persona normal! Y sin ninguna razón aparente. La impresión era tan grande que Luce casi no podía soportarlo.
–¿Gracias? –consiguió decir Luce, sintiéndose aún un poquito en guardia.
–¡Ah! Y posiblemente necesites cambiarte de ropa –se percató la chica, bajando la mirada a su jersey negro y sacándoselo por la cabeza para revelar otro idéntico debajo.
Cuando vio la mirada de sorpresa en el rostro de Luce, dijo:
– ¿Qué? Tengo un sistema inmunológico hostil. Tengo que llevar mucha ropa.
–Ah, bien. ¿Estarás bien sin esto? –se obligó a preguntar Luce, aunque habría dicho casi cualquier cosa correcta en ese momento para salir del manto de carne que llevaba puesto.
–Por supuesto –aseguró la chica, haciéndole un gesto con la mano–. Tengo tres más debajo de este. Y un par más en mi taquilla. Sé mi invitada. Me duele ver a una vegetariana cubierta de carne. Soy muy empática.
Luce se preguntaba cómo aquella desconocida sabía de sus preferencias alimenticias, pero más que eso, ella tenía que preguntar:
–Esto… ¿Por qué estás siendo tan amable?
La chica se echó a reír, suspiró y luego negó con su cabeza.
–No todo el mundo en Sword & Cross es puta o cabrón (*En inglés: whore y jock; riman con el nombre del colegio).
–¿Qué? –dijo Luce.
–Sword & Cross… Putas & Cabrones. Es el penoso mote que tiene este colegio en la ciudad. Es evidente que no hay realmente cabrones aquí (*En inglés: Jocks, además del insulto, también significa Escoceses). No voy a oprimir tus oídos con algunos más de los motes soeces que se le han ocurrido.
Luce se echó a reír.
–A lo que me vengo a referir es que no todos aquí son unos completos gilipollas.
–¿Sólo la mayoría? –preguntó Luce, odiando sonar ya tan negativa. Pero había sido una mañana tan larga y había pasado ya por tanto, que tal vez esta chica no la juzgaría por ser un poquito grosera.
Para su sorpresa, la chica sonrió.
–Exactamente. Y por supuesto que son ellos los que nos dan al resto de nosotros mala fama. –Ella extendió la mano–. Soy Pennyweather Van Syckle-Lockwood. Tú puedes llamarme Penn.
–Entiendo –dijo Luce, aún demasiado agotada para darse cuenta de que, en una vida anterior, ella podría haber sofocado una carcajada ante el alias de esta chica. Sonaba como si hubiera salido directa de las páginas de una novela de Dickens. Pero para ser justos, había algo digno de confianza en una chica que, con un nombre como ese, se las podía arreglar para presentarse con la frente bien alta–. Soy Lucinda Price.
–Y todos te llaman Luce –dijo Penn–. Y te han traspasado desde la escuela preparatoria Dover de New Hampshire.
–¿Cómo has sabido eso? –preguntó Luce lentamente.
–¿He acertado? –Penn se encogió de hombros–. Estoy bromeando, leí tu expediente, obvio... Es un hobby.
Luce se quedó mirándola sin expresión alguna. Tal vez había sido demasiado rápida al juzgarla digna de confianza. ¿Cómo podía Penn tener acceso a su expediente?
Penn hizo correr el agua. Cuando estuvo caliente, le hizo señas a Luce para que bajara la cabeza en el lavabo.
–Verás, la cosa es –aclaró ella– que yo en realidad no estoy loca. –Ella levantó a Luce por la cabeza mojada–. Sin ofender. –Luego volvió a hacerla bajar–. Soy la única chica en este colegio sin un mandato judicial. Y puede que no lo creas, pero ser legalmente cuerda tiene sus ventajas. Por ejemplo, también soy la única chica en la que confían para ser ayudante en la oficina. Lo que es bastante estúpido por su parte. Tengo acceso a un montón de mierda confidencial.
–Pero si tú no tienes por que estar aquí…
–Cuando tu padre es el de mantenimiento en la escuela, como que tienen que dejarte asistir gratis. Así que… –Penn se fue apagando.
¿El padre de Penn era el encargado de mantenimiento? Por el aspecto del lugar, a Luce no se le había pasado por la cabeza que ni siquiera tuvieran un encargado de mantenimiento.
–Sé lo que estás pensando –dijo Penn, ayudando a Luce a lavar los restos de salsa de su pelo–. ¿Que la propiedad no es que esté bien cuidada precisamente?
–No –mintió Luce. Ella estaba ansiosa por mantener el favor de esta chica y quería extender la sensación “sé mi amiga” más de lo que quería aparentar que realmente le preocupara la frecuencia con la que se cortaba el césped en Sword & Cross–. Está, esto… Muy bonita.
–Mi padre murió hace dos años –dijo Penn en voz baja–. Consiguieron que me quedara con el decrépito Udell, el antiguo director, como tutor legal, pero, esto… Realmente nunca encontraron tiempo para contratar a un sustituto para mi padre.
–Lo siento –dijo Luce, bajando también la voz. Así que alguien más aquí sabía cómo era pasar por una gran pérdida.
–Está bien –repuso Penn, echando acondicionador en la palma de su mano–. En realidad, es una escuela realmente buena. Me gusta mucho estar aquí.
Entonces, la cabeza de Luce se alzó, mandando una rociada de agua por todo el servicio.
–¿Estás segura de que no estás loca? –le tomó el pelo.
–Era broma. Odio estar aquí. Esto es una auténtica mierda.
–Pero tú puedes marcharte –inquirió Luce, inclinando la cabeza con curiosidad.
Penn se mordió el labio.
–Sé que es morboso, pero aunque no tuviera que aguantar a Udell, no podría. Mi padre está aquí. –Ella hizo un gesto hacia el cementerio, invisible desde aquí–. Él es todo lo que tengo.
–Entonces supongo que tienes más que algunas otras personas de este colegio –dijo Luce, pensando en Arriane. Su mente rememoró la manera en la que Arriane había agarrado su mano en el patio hoy, la mirada ansiosa de sus ojos azules cuando había hecho que Luce le prometiese que se pasaría por su dormitorio esta noche.
–Ella estará bien –aseguró Penn–. No sería lunes si no le llevaran a la enfermera a Arriane después de un ataque.
–Pero no fue un ataque –apuntó Luce–. Fue esa pulsera. Lo vi. Estaba dándole una descarga.
–Aquí, en Sword & Cross, tenemos un concepto bastante amplio de lo que significa “un ataque”. A tu nueva enemiga, ¿Molly? Le han dado unos ataques legendarios. Ellos siguen diciendo que van a cambiar sus medicamentos. Con un poco de suerte tendrás el placer de ser testigo de una buena pérdida de estribos antes de que lo hagan.
La intel de Penn (*Intel, de inteligencia en el sentido de poseer una enorme información) era bastante notable. Cruzó por la mente de Luce preguntarle a ella cuál era la historia con Daniel, pero probablemente sería mejor que la complicada intensidad de su interés por él se ciñera a un nivel de “saber lo necesario”. Al menos hasta que ella misma lo comprendiese.
Sintió las manos de Penn escurriendo el agua de su pelo.
–Esto es lo último –anunció Penn–. Creo que por fin estás libre de carne.
Luce se miró en el espejo y se pasó las manos por el pelo. Penn tenía razón. Excepto por la huella emocional y el dolor de su pie derecho, no había indicios de su altercado con Molly en la cafetería.
–Me alegro de que tengas el cabello corto –manifestó Penn–. Si aún lo tuvieras tan largo como en la foto de tu expediente, esto habría sido una operación mucho más lenta.
Luce se le quedó mirando embobada.
–Voy a tener que no quitarte ojo de encima, ¿verdad?
Penn pasó el brazo por el de Luce y la condujo fuera del servicio.
–Sólo sigue teniendo mi aprobación y nadie saldrá herido.
Luce lanzó a Penn una mirada de inquietud, pero el rostro de Penn no reveló nada.
–Estás bromeando, ¿verdad? –preguntó Luce.
Penn sonrió, repentinamente alegre.
–¡Vamos, tenemos que ir a clase! ¿No te alegras de que estemos en el mismo bloque de la tarde?
Luce soltó una risita.
–¿Cuándo vas a dejar de saberlo todo de mí?
–No en un futuro inmediato –indicó Penn, tirando de ella pasillo abajo y de vuelta al edificio de las aulas–. Pronto terminará encantándote, lo prometo. Soy una amiga muy poderosa de tener.
