Anne Rice" Entrevista con el Vampiro" Descarga y Recomendacion


—Lo noté en el bar cuando le pregunté cómo se ganaba la vida. No es más que un leve
acento en las consonantes, eso es todo. Nunca me imaginé que fuera francés.
—Está bien —le aseguró el vampiro—. No estoy tan sorprendido como parezco. Sólo es
que, de tanto en tanto, lo olvido. Pero deja que continúe...
—Por favor... —dijo el chico.
—Te hablaba de las plantaciones. En realidad, tuvieron mucho que ver con mi
transformación en vampiro. Pero ya llegaré a eso. Nuestra vida era lujosa y primitiva al mismo
tiempo. Y nosotros la encontrábamos sumamente atractiva. Allí vivíamos mucho mejor de lo
que jamás podríamos haber vivido en Francia. Tal vez la mera inmensidad de Luisiana nos lo
hacía parecer, pero, al parecer que así era, lo era. Recuerdo los muebles importados que
atestaban la casa —el vampiro sonrió—. Y el clavicordio; era un encanto. Mi hermana solía
tocarlo. En los atardeceres del verano, ella se sentaba ante las teclas dando la espalda a las
grandes puertas vidrieras. Y todavía puedo recordar esa música rápida, quebradiza, y la visión
del pantano elevándose detrás de mi hermana, los cipreses ahítos de musgo flotando contra el
cielo. Y estaban los ruidos del pantano, un coro de criaturas, y el canto de los pájaros. Pienso
que nos encantaba. Hacía que los muebles de palo rosado fueran más preciosos, que la
música fuera más delicada y deseable. Inclusive cuando la vistaria rompió las contraventanas
de las ventanas del ático y sus zarcillos se abrieron paso por el ladrillo blanqueado en menos
de un año.
»... Sí, nos encantaba. A todos menos a mi hermano. Creo que nunca lo oí quejarse de
algo, pero yo sabía cómo se sentía. Mi padre ya había muerto entonces y yo era el cabeza de
familia. Y tenía que defenderlo constantemente de mi madre y de mi hermana. Ellas querían
llevarlo a hacer visitas o a fiestas en Nueva Orleans, pero él detestaba esas cosas. Creo que
dejó de ir a todos los sitios antes de tener doce años. Lo que le interesaba era orar, la oración y
las vidas de los santos en libros forrados de cuero.
»Por último, le construí un oratorio alejado de la casa y él empezó a pasar allí casi todo el
día, y a menudo los atardeceres. Fue algo irónico, en realidad. Era tan distinto a nosotros, tan
distinto a todos, ¡y yo era tan normal! Yo no tenía ninguna característica excepcional —
aseguró, sonriendo—. A veces, en la tarde, yo iba a verlo y lo encontraba en el jardín cerca del
oratorio, sentado y absolutamente sosegado en un banco de piedra. Y yo le contaba mis
problemas, las dificultades que tenía con los esclavos, todo lo que desconfiaba del
superintendente o del tiempo o de mis agentes..., todos los problemas que constituían el
cuerpo y el alma de mi existencia. Y él me escuchaba, hacía pocos comentarios, siempre
solícitos, de modo que, cuando yo me alejaba de él, tenía la clara impresión que él me había
resuelto todos los interrogantes. No pensaba que le pudiera negar nada y juré que, por más
que se me partiera el alma, él entraría en el sacerdocio cuando llegara ese momento. Por
supuesto, estuve equivocado.
El vampiro se detuvo en su relato.
Por un momento, el chico siguió mirándolo y luego se sobresaltó como si acabara de
despertar de un sueño; forcejeó como si no pudiera encontrar las palabras apropiadas.
—Ah..., ¿no quería ser sacerdote? —preguntó. El vampiro lo estudió como tratando de
discernir el significado de su pregunta. Luego dijo:
—Quiero decir que yo estaba equivocado con respecto a mí mismo, con no negarle nada. —
Sus ojos se dirigieron a la pared más lejana y se fijaron en el marco de la ventana—. Empezó a
tener visiones.
—¿Visiones de verdad? —preguntó el muchacho, pero nuevamente su voz vaciló como si
estuviera pensando en otra cosa.
—No lo pensé así —contestó el vampiro—. Sucedió cuando tenía quince años. Entonces él
ya era muy apuesto. Tenía una piel muy fina y grandes ojos azules. Era robusto, no delgado
como ahora soy y fui yo entonces... Pero sus ojos... Era como si, cuando lo miraba a los ojos,
yo estuviera a solas en el límite del mundo..., en una playa del océano barrida por el viento. Lo
único que había era el suave rumor de las olas. Pero —dijo con los ojos aún fijos en el marco
de la ventana— empezó a tener visiones. Al principio, sólo me lo insinuó, y dejó por completo
de comer. Vivía en el oratorio. A cualquier hora del día o de la noche, yo lo podía encontrar
arrodillado sobre la losa delante del altar. Y descuidó el mismo oratorio. Dejó de encender las
velas y de cambiar los lienzos del altar y hasta de barrer la hojarasca. Una noche me alarmé
seriamente cuando me quedé al lado del rosal mirándolo durante toda una hora en la que
jamás movió las rodillas ni jamás bajó los brazos, que tenía estirados, formando una cruz.
Todos los esclavos pensaban que estaba loco —dijo el vampiro, y alzó el entrecejo como
interrogándose—. Yo estaba convencido de que solamente... se trataba de fanatismo. Que, en
su amor a Dios, quizás había ido demasiado lejos. Entonces me contó de sus visiones. Santo
Domingo y la Virgen María lo habían ido a ver al oratorio. Le habían dicho que tenía que vender
sus propiedades en Luisiana, todo lo que poseía, y utilizar ese dinero para hacer en Francia la
obra de Dios. Mi hermano iba a ser un gran dirigente religioso e iba a devolver su antiguo fervor
al país y cambiar el curso de la batalla contra el ateísmo y la Revolución. Por supuesto, no
tenía dinero propio. Yo debía vender nuestras plantaciones y nuestras casas en Nueva Orleans
y entregarle el dinero.
Una vez más el vampiro hizo una pausa. Y el muchacho quedó inmóvil, mirándolo, perplejo.
—Ah..., perdóneme —susurró—. ¿Qué hizo? ¿Vendió las plantaciones?
—No —dijo el vampiro, y su rostro estaba sereno, como desde el principio—. Me reí de él. Y
él... se puso furioso. Insistió en que la orden provenía de la mismísima Virgen. ¿Quién era yo
para ignorarla? ¿Quién? —se preguntó en voz baja, como si lo estuviera pensando
nuevamente—. ¿Quién, por cierto? Y, cuanto más quiso convencerme, más me reía yo. Era un
absurdo, le dije, el producto de una mente inmadura e incluso mórbida. El oratorio era una
equivocación, le dije; lo haría derribar de inmediato. Él iría a la escuela en Nueva Orleans y se
sacaría de la cabeza esas ideas extrañas. No recuerdo todo lo que dije. Pero recuerdo la
sensación. Detrás de toda esta negativa desdeñosa de mi parte, había un disgusto latente y
una gran desilusión. Yo estaba amargamente desilusionado. No le creía una sola palabra.
—Pero eso es comprensible —dijo rápidamente el muchacho cuando el vampiro hizo una
pausa: se ablandó la expresión de perplejidad de su rostro—. Quiero decir: ¿le hubiera creído
alguien?
—¿Es tan comprensible? —el vampiro miró al entrevistador—. Pienso que tal vez haya sido
un egoísmo cruel. Déjame explicarme. Yo adoraba a mi hermano, como ya te dije, y a veces
creía que era un santo viviente. Lo alenté en sus oraciones y meditaciones, y como dije, estaba
dispuesto a que se fuera de mi lado para que entrara en el sacerdocio. Y si alguien me hubiera
contado de un santo en Ars o en Lourdes que tenía visiones, le habría creído. Yo era católico;
creía en los santos. Encendía velas delante de sus estatuas de mármol en las iglesias. Conocía
sus imágenes, sus símbolos, sus nombres. Pero no lo creí; no en mi hermano. No sólo no creí
que tuviera visiones, no lo pude considerar posible un solo instante. Ahora bien, ¿por qué?
Porque era mi hermano. Podía ser santo, podía ser extraño, pero Francisco de Asís, no. Mi
hermano, no. Mi hermano no podía serlo. Eso es egoísmo, ¿te das cuenta?
El entrevistador lo pensó antes de contestar y entonces asintió con la cabeza y dijo que sí,
que pensaba que así era.
—Quizá tenía visiones —dijo el vampiro.
—¿Entonces usted..., usted no afirma saber... ahora... si las tenía o no?
—No, pero sé muy bien que jamás vaciló un segundo en sus convicciones. Eso lo sé y lo
sabía entonces, esa noche, cuando salió de mi habitación furioso y dolorido. Jamás vaciló un
instante. Y, a los pocos minutos, estaba muerto.
—¿Cómo? —preguntó el entrevistador.
—Simplemente traspasó las puertas vidrieras, salió a la galería y se quedó un momento en
lo alto de las escalinatas de ladrillo. Entonces, se cayó. Estaba muerto cuando llegó al fondo.
Con el cuello roto —dijo el vampiro, y se sacudió la cabeza con consternación, pero su rostro
aún estaba sereno.
—¿Usted lo vio caer? —preguntó el chico—. ¿Perdió pie?
—Yo no lo vi, pero dos sirvientes lo vieron. Dijeron que levantó la vista, como si acabara de
ver algo en el cielo. Entonces todo su cuerpo se adelantó barrido por el viento. Uno de ellos dijo
que estaba a punto de decir algo cuando cayó. Yo también pensé que iba a decir algo, pero en
ese preciso momento me di vuelta y di la espalda a la ventana. Yo estaba de espaldas cuando
oí el ruido. —El vampiro echó una mirada al magnetófono—. No pude perdonármelo. Me sentí
responsable de su muerte —dijo—. Y todos los demás también parecieron pensarlo.
—Pero, ¿cómo pudieron pensarlo? Usted dijo que hubo gente que lo vio caer.
—No fue una acusación directa. Simplemente, sabían que había sucedido algo
desagradable entre nosotros. Que habíamos discutido minutos antes del accidente. Los
sirvientes nos habían oído, mi madre nos había oído. Mi madre no dejaba de preguntarme lo
que había sucedido y por qué mi hermano, que era tan tranquilo, había estado gritando. Luego
mi hermana se sumó al interrogatorio y, naturalmente, yo me negué a dar razones. Me negué a
decir nada. Estaba tan amargamente sorprendido y me sentía tan miserable que no tuve
paciencia con nadie; sólo tomé la vaga decisión de que nadie se enterara de sus visiones. No
sabrían que, al final, en vez de convertirse en santo, se había transformado sólo en un
fanático... Mi hermana se fue a la cama en vez de ocuparse del funeral, y mi madre dijo a todo
el vecindario que algo espantoso había sucedido en mi cuarto y que yo no lo quería contar a
nadie; y hasta la policía me interrogó, debido a mi propia madre. Por último, vino a verme el
cura y exigió saber lo que había pasado. No se lo dije a nadie. Sólo fue una discusión, dije. Yo
no estaba en la galería cuando se cayó, protesté, y todos me miraron como si lo hubiera
matado. Y yo sentí que lo había matado. Me senté en la sala, al lado de su ataúd, pensando:
«Lo he matado». Lo miré a la cara hasta que aparecieron manchas delante de mis ojos, y casi
me desmayé. Se había destrozado la nuca en el pavimento y su cabeza tenía una forma
extraña sobre la almohada. Me obligué a contemplarla, a estudiarla, simplemente porque casi
no podía soportar el dolor y el olor a podredumbre, y sentí la tentación, una y otra vez, de
abrirle los ojos. Todos éstos eran pensamientos e impulsos demenciales. El pensamiento
fundamental era: me había reído de él, no le había creído; no había sido bueno con él. Había
caído por culpa mía.
—Todo eso sucedió, ¿verdad? —susurró el muchacho—. Me está contando algo... que es
verdad.
—Sí —dijo el vampiro, mirándolo con sorpresa—. Quiero seguir contándotelo —aseguró,
pero, cuando su mirada pasó del muchacho a la ventana, sólo demostró lejano interés en el
entrevistador, que parecía sumido en silenciosas contradicciones.
—Pero... usted dijo que no sabía de sus visiones; que usted, un vampiro..., no podía saber
con plena y total seguridad si...
—Quiero hacer las cosas en orden. Quiero contarte las cosas tal como fueron sucediendo.
No, no sabía nada de las visiones. Ni lo supe nunca —afirmó; y, nuevamente, esperó hasta que
el chico dijo:
—Sí, por favor, continúe...
—Pues entonces quise vender las plantaciones. No quise volver a ver jamás esa casa ni el
oratorio. Finalmente las alquilé a una agencia que las trabajaría por mi cuenta y me
administraría las cosas, de modo que nunca tendría necesidad de ir allí.
Y llevé a mi hermana y a mi madre a una de las casas de Nueva Orleans. Por supuesto, no
podía escapar ni por un instante de mi hermano. Únicamente podía pensar en su cuerpo
pudriéndose bajo tierra. Estaba enterrado en el cementerio de Saint-Louis, de Nueva Orleans, y
yo hacía todo lo posible por evitar tener que traspasar esa entrada, pero aún pensaba en él
constantemente. Borracho o sobrio, veía su cuerpo en el ataúd y no lo podía soportar. Una y
otra vez soñé que él estaba arriba de esa escalinata y que lo tomaba del brazo, le hablaba con
bondad, le pedía que volviese a su cuarto, le decía suavemente que creía en él, que debía
rezar para que yo tuviera fe. En el ínterin, los esclavos de Pointe du Lac (ésa era mi plantación)
empezaron a hablar de ver su fantasma en la galería, y el superintendente no podía mantener
el orden. La gente de la sociedad le hacía preguntas ofensivas a mi hermana sobre el
incidente, y ella se puso histérica. Simplemente pensó que debía reaccionar de esa forma y lo
hizo. Yo bebía todo el tiempo y estaba lo menos posible en casa. Vivía como un hombre que
quería morir pero que no tenía el valor de matarse. Caminaba a solas por las calles y los
callejones de los negros; me caía al suelo en los cabarets, me negué dos veces a batirme en
duelo, más por apatía que por cobardía, y, verdaderamente, deseaba que me asesinasen. Y
entonces fui atacado. Pudo haber sido cualquiera. Y yo presentaba una invitación abierta a
marineros, ladrones, maniáticos, a cualquiera. Pero se trató de un vampiro. Me atrapó a unos
pasos de mi casa una noche y me dejó dándome por muerto, o así lo pensé.
—¿Quiere decir... que le chupó la sangre? —preguntó el muchacho.
—Sí —se rió el vampiro—. Me chupó la sangre. Así se hace.

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