Si a Caminar se Aprende,a Leer.......

Primera cuestión
Si a caminar se aprende caminando, a leer se aprende leyendo. Frase remanida y vaciada de contenido que podría aplicarse en aquellas ocasiones en las cuales enseñamos a un niño o adulto a descifrar el código alfabético. Pero a amar la lectura como práctica de vida se enseña sólo amándola.
Sólo quien ha experimentado en carne propia el hondo placer de un texto bien escrito, mejor ilustrado, complicado, opaco en sus sentidos, provocador hacia el lector, puede ser capaz de querer contagiar al otro con esa magia. Nadie puede ser un buen chef si no le gusta cocinar y no puede pasar un día sin hacerlo. Por ende, nadie puede promover la práctica de la lectura si ésta no es parte necesaria de cada uno de sus días. De esta manera, podemos considerar como promotores de lectura a aquellos abuelos que pueden dar de su tiempo para leer o contar una historia a un grupo de chicos, al “loco” que se pasea por las calles contando historias, al que puede plasmarlas en la letra de una canción o en una imagen, a los docentes que son capaces de detener el dictado de un contenido para regalar una historia bien contada a sus alumnos.
Segunda cuestión
¿Cómo promovemos la lectura? Preocupación tan expresada por los adultos de un tiempo a esta parte, “a los chicos no les gusta leer”; “se la pasan en la computadora o en el televisor”, etc. Señor adulto cuestionador, ¿cuánto tiempo de su día dedica a la lectura literaria? Sí, las ocupacioners actuales no dan tiempo para leer. Un consejo: pruebe con llevar siempre un libro en la cartera o el maletín. Ya verá cómo se hace más corta la espera en el consultorio médico (las revistas que hay ahí siempre datan de por lo menos tres años atrás), la cola del cajero parecerá mínima, ni hablar del viaje en el colectivo y/o la consabida permanencia en el baño, ya sabemos para qué… Los chicos no leen porque desde hace años no ven a los adultos como modelos de conductas lectoras. Porque los padres actuales no tenemos tiempo para leer con ellos, para ayudarlos en sus primeros intentos, para acompañarlos después. Porque la escuela se ha empeñado en buscar siempre una finalidad didáctica-moralizante en los textos, siempre tienen que tener un “mensaje”, “inculcar valores”, “contar cosas que a los chicos les resulten familiares”. Entonces, señores docentes, no podríamos nunca leer el Quijote, porque no estuvimos en España, ni “Viaje a la luna” de Julio Verne, por obvias razones, y así con todos los demás.
Tercera cuestión
La elección del canon de lecturas. Para poder elegir el menú de un restaurante, debemos elegir entre las opciones que nos brinda la carta. Para poder elegir qué lecturas ofrecer a nuestros lectores, debemos conocer la oferta. Ya sea que estemos hablando de literatura infantil, juvenil o para adultos. Por otro lado, es difícil imaginarse a un chico de 14 años ingresando al mundo literario a través del Mio Cid; no porque este clásico esté mal, sino por la ajenidad que representa para los intereses de los adolescentes. Basta con observar el programa anual de cualquier docente –en cualquier ciclo y nivel de la escolaridad- para darnos cuenta de que allí no hay autores de libros para niños, para jóvenes, y mucho menos de literatura para adultos posterior al Boom latinoamericano (llámese década del ’60). Y aún más, esta carencia se origina en la formación docente terciaria y universitaria.







Un internado donde nada es lo que parece 


